Esta
obra fue estrenada en el Teatro del Progreso, la noche del 30 de abril
de 1909, en beneficio de la señora Prudencia Grifell.
Personajes:
Sor Pilar, hermana de la Caridad
El doctor
El capitán
Dos asistentes
La escena representa una sala de hospital. En el centro hay un lecho;
en el fondo, una mesa con vasos y frascos. Hay una puerta lateral. Es
de día.
Doctor: ¿Tenéis todo preparado?
Sor Pilar: Todo preparado está.
Doctor: ¿Habrá camas suficientes
para los heridos?
Sor Pilar: Hay
las tres salas de la izquierda.
¿No creéis que bastarán?
Doctor: Para todos me parece
que son pocas de verdad.
¡Fue espantosa la matanza!
Sor Pilar: Y la lucha, ¿cesó ya?
Doctor: Sí. Salieron victoriosos
los que merecían triunfar.
Entre ellos la valentía
descolló, de un capitán,
joven, bizarro, arrogante,
que también herido está.
Rompióle el cráneo un bala
al punto de arrebatar
la bandera al enemigo.
Sor Pilar: ¿También aquí le traerán?
Doctor: Sí, también;
y por su grado
en el ejército, hay
que designarle un buen sitio:
el mejor del hospital.
Sor Pilar: En este departamento
se le podría alojar,
si así disponéis que sea
¿Qué os parece?
Doctor: Bien está.
Sor Pilar: ¿Decís que el cráneo una bala
le ha lesionado.
Doctor: Sí, tal.
Sor Pilar: Grave sin duda es la herida.
Doctor: Grave de fijo. ¿Quién va
a dudar de ello? Ahora mismo
el médico militar
que la curación primera
le hizo, aviso me da
de que requiere su estado
una atención especial.
Por ser quien es el herido
y dada su gravedad,
desearía yo que fuese
por vos misma, Sor Pilar,
atendido.
Sor Pilar: Pues con gusto
lo haré como me indicáis.
Doctor: En breve serán traídos
todos.
Sor Pilar: Muy bien. Descuidad
que yo he de estar a la mira.
Doctor: Con que vos al capitán
en este departamento
con vuestro empeño y afán
cuidéis, quedaré tranquilo.
Daré orden de que acá
cuando llegue, lo conduzcan.
Sor Pilar: Bien, doctor.
Doctor: A practicar
voy la visita del día.
Sor Pilar: Id con Dios.
Doctor: Con Él quedad.
Vuelvo en seguida. Si tardo,
pasadme aviso al llegar
el herido.
Sor Pilar: Puntualmente
lo haré, como lo ordenáis.
(Vase el doctor)
Sor Pilar: ¡La guerra! ¡La guerra,
cubriendo la Tierra
de duelos y llanto, de sangre y pavor!
¡Oh, Dios soberano!
¡Derrame tu mano
lo que hoy anhelamos: la paz y el amor.
Amor que es pureza,
Dulzura, nobleza,
venero de vida y fuente de luz!
¡Oh, Tú, Dios Eterno:
con lazo fraterno
estrecha a los hombres en torno a tu cruz!
Aquella en que impía
miró tu agonía
la turba cegada por honda maldad.
Tu cruz, la que calma
tormentas del alma
y brinda consuelos y mueve a piedad.
Este es nuestro grito
que va al infinito
por todos los seres en lucha sin fin:
¡Piedad! No más guerra,
que el alma se aterra
y evoca el recuerdo de Abel y Caín.
¡Oh, sí, santo cielo:
que cese ya el duelo
de vidas hermanas en ciego furor!
¡Oh, Dios Soberano!
¡Derrame tu Mano
en todas las almas simiente de amor!
Amor que es ternura
por toda criatura
no importan el sexo, la clase, la edad,
como este, profundo,
que lejos del mundo
sienten las Hermanas de la Caridad.
Este es el acento
que alivia el tormento
restaña la herida sangrante y cruel,
y calla su pena
vertiendo en la ajena,
humilde y oculta, su gota de miel.
La que el alma vierte
entre angustia y muerte
sin temer contagios, sin sentir horror
hacia los que gimen,
cuando acaso al crimen
deban sus miserias, deban su dolor.
Implacable herencia
de toda existencia
venir a la vida es ya padecer.
Incapaz de olvido
va el dolor que ha herido
el alma en las luchas mundanas de ayer.
¡Oh, Dios, cuántas veces
sus amargas heces
a beber nos diera la desilusión!
¡Y tras la tortura
en la celda oscura
con saña golpeaba este corazón!
El mío sofoca
su gemir. De roca
es para la pena que le trajo aquí.
Lejos ya los días
de sus agonías
palpita dichoso sintiéndose así.
Grande, fuerte, bueno
de piedades lleno,
libre de recuerdos de temprana edad.
Que en mi pecho, oculto
no tiene más culto
que el de las Hermanas de la Caridad.
(Óyese a lo lejos la voz de la campana en los momentos de elevarse
la hostia en el sacrificio de la misa.)
(Comienza la música)
¡La voz de la campana!
¡Elevan al Señor!
¡En tierra la rodilla,
que vuele la oración!
Cuanto vemos que encierran
la tierra, el cielo, el mar,
de tu Divina Mano
es eterna señal.
Diste tu sangre al hombre
en suplicio cruel.
Alabemos la fuerza
De tu inmortal poder.
Tu cuerpo convertiste
en milagroso pan
que el alma purifica
y luz y amor le da.
(Entra el doctor y se queda inmóvil en una esquina, sin ser advertido
por Sor Pilar)
Vuela de nuestras almas
la oración hacia Ti,
como blanca paloma
por el azul confín.
Amparo de la vida
que gime en el dolor,
Tú las tristezas tornas
en luz del corazón.
(Sor Pilar se dirige hacia la puerta.)
Sor Pilar: Paréceme que han sonado
pasos allá afuera.
(El doctor de le acerca)
Doctor:
¡Ah, sí!
Es el herido. Hacia aquí
lo conducen. ¡Desdichado!
Entrad.
Sor Pilar: Colocadlo ahí.
(Los dos asistentes conducen al herido y le colocan en el lecho. Sor
Pilar se acerca a uno de ellos, que está quitando el vendaje que
trae el herido, y aplicando uno nuevo. Retíranse los asistentes.)
(Quedan solos Sor Pilar y el doctor)
Doctor: Todo inútil ha de ser.
Sor Pilar: ¿Qué decís? ¿No hay esperanza?
Doctor: Ninguna, a mi parecer.
No me inspira confianza
su estado.
Sor Pilar: Habrá que temer…
Doctor: Fatal desenlace auguro.
Pronto vendrá, de seguro,
el delirio. Queda ahí
una poción de bromuro.
Dádsela entonces, y así,
cederá su excitación.
Hay que procurarle calma
ya que sus instantes son
contados.
Sor Pilar:
(Aparte) ¡Virgen del alma!
(Al doctor) Pondré entera la atención
en dejar todo cumplido
cual queréis.
Doctor: En vuestro empeño
descanso.
Sor Pilar: Mirad. Dormido
parece estar.
Doctor: Sí, vencido
por la fiebre.
Sor Pilar: ¿De este sueño
creéis que pronto despierte?
Doctor: Tal debemos esperar…
mas ha de ser para entrar
en el otro…
Sor Pilar: ¿Al de la muerte
aludís?
Doctor: Sí, sor Pilar.
(El doctor toma su sombrero para marcharse.)
Sor Pilar: ¿Os marcháis ya?
Doctor: Tengo urgencia…
Sor Pilar: Pero es que estando aquí vos…
Doctor: Inútil es mi presencia,
que nada puede la ciencia
contra designios de Dios.
(Sor Pilar queda a solas con el Capitán).
Capitán:
(delirando) ¡Lucinda, mi Lucinda!
Pongo a tu pies el lauro que me brinda
la patria… Yo por ella, en la trinchera
arranqué al enemigo su bandera.
Vi triunfar a mi bravo regimiento.
Luchó con ardimiento
y coronó su esfuerzo la victoria…
¡Gloria a mis nobles compañeros! ¡Gloria!
Di mi sangre… ¡quizá también la vida!
No serán para mí lauros ni honores
en nuevo combatir a los traidores…
Ni aspiro a más honores y laureles…
Ansío sólo de tu amor las mieles.
Ven a mi lado ahora,
Lucinda encantadora…
Ya te miro llegar… No es devaneo;
no es mentida ilusión de mi deseo.
Aquí estás… acudiste a mi reclamo…
¡Oh, mi novia gentil, cuánto te amo!
Acércate a mi lecho:
tu mano posa en mi angustiado pecho.
¿No sientes cómo el corazón se agita?
¡Por ti sólo palpita!
Sus postreros latidos
van a tu nombre y tu recuerdo unidos.
Eres tú, amada mía,
que en el trance cruel de mi agonía
a mí llorosa vienes
para dar a mis sienes
ese calor suave de tu mano…
Sor Pilar: ¡Calma, por Dios, hermano!
(Aparte) ¡Qué tenaz su delirio!
Capitán: ¿A piedad no te mueve mi martirio?
Morir sin ver cumplida la esperanza
que engendrara el amor… Avanza, avanza...
Llegó por fin la hora:
¡ven a calmar la sed que me devora!
Sor Pilar: ¿Tenéis sed? Pues al punto, hermano mío
agua os daré.
Capitán: No es agua lo que ansío:
mi sed es de ilusión; es sed de amores.
Calma ya los rigores
de mi destino aciago.
Yo no quiero morir sin el halago
de tu beso, tu beso, amada mía…
Sor Pilar: ¡Qué angustia, Virgen pía!
Capitán: ¡Muévate a compasión mi último ruego!
De tus labios de fuego
quiero sentir…
Sor Pilar: ¡Piedad, Dios Soberano!
(Al Capitán) ¡Quietud, quietud, hermano!
Capitán: ¿Hermano, dices? No, tu tierno amante
que en el postrer instante
de su ilusión se enciende
y a ti los brazos tiende…
¿No me dijiste siempre: “Tuya, tuya;
nada habrá que destruya
esta pasión que en mí nacer hiciste”?
Pues no te alejes de mi lado… ¡Ay, triste
de mí! ¡No me abandones a mi suerte!
¡Tu beso, antes que el beso de la muerte!
No me dejes sin él, partir del mundo:
la voz de un moribundo
sagrada debe ser… Óyela y calma
la sed de amor que me devora el alma.
¡En el beso que imploro
no hay para ti rubores ni desdoro!
Ven, acerca tu rostro, mi Lucinda,
y la caricia de tus labios brinda.
(Sor Pilar lo ha tomado de la mano.)
Sor Pilar: ¡Su mano es una brasa!
Mas ya el delirio pasa.
¡Infeliz! ¡Qué tenaz su pensamiento!
¡Señor, piedad, piedad, calma el tormento
de este angustiado espíritu cercano
a volar hacia Ti¡ ¡Dios soberano!
¡Esa visión de su cerebro borra!
¡Que tu Divina Omnipotencia acorra
a esta alma para el mundo ya perdida
y dale paz y luz para otra vida!
¡Luz a este pobre ciego!
¡Valga mi ruego a Ti, más que su ruego!
Capitán: ¡Lucinda, mi Lucinda!
Sor Pilar: ¡Cielo santo!
¡Vuelve el acceso!
Capitán: ¡Mi Lucinda, cuánto
he aguardado tu beso!
Déjalo aquí sobre mi boca impreso
tu enamorada boca palpitante.
Se aproxima el instante
de la eterna partida.
Sí, ven, que se me escapa ya la vida.
No quiero, no, no quiero
partir sin él… ¡Me muero!
En el beso que imploro
no hay para ti rubores ni desdoro…
Eres tú mi Lucinda, mi Lucinda
te reconozco bien: labios de guinda,
ojos llenos de luz, -¡alba radiosa!-:
rostro en que se combinan nieve y rosa;
mano que tiembla entre la mía opresa
con suavidad de pétalo… Sí, es esa
tu angélica figura… No ha mentido
la ilusión. Eres tú, tú que has venido
para darme la dicha de que muera
sintiendo tu caricia… ¡la primera!
¡la última! ¡la sola recibida
de ti, mi amor!... ¡Que se me va la vida!
¡Pronto, tu beso, mi Lucinda hermosa!
Sor Pilar: ¡Infeliz! ¡Infeliz! ¡Virgen piadosa!
Capitán: ¡Vengan después la muerte y el olvido!
¡No por amor... por caridad lo pido!
Sor Pilar: ¿Por caridad?... ¡Ah, sí!
(Se despoja de la toca y besa al Capitán)
Capitán: ¡Muero dichoso!
Sor Pilar: ¡Muerto! ¡Misericordia, Dios piadoso!
(Recitando, sobre la música)
Nuestra obra es de bien, y he cumplido
de beber dando al pobre sediento.
¡En tu reino se acoja su alma
Padre nuestro, que estás en los cielos!
Caridad invocaron sus labios
y los míos negar no pudieron
la merced que imploraron los suyos,
de la vida en el último aliento.
Cuando ya terminaba su vida,
cruel sería privarle del beso
que pedía en sus angustias febriles
como un don, cual regalo supremo?
Si hay ofensa a tu nombre divino
en mi dádiva al triste sediento
de rodillas demando tu gracia,
¡Padre nuestro, que estás en los cielos!
Telón
lento